Bolsonaro cuestiona el sistema electoral y mira a los militares

Por Rosendo Fraga.

La preocupación de Estados Unidos por el cuestionamiento del Presidente brasileño Jair Bolsonaro al sistema electoral de su país, en vísperas de los comicios, crece a medida que se acercan. Siguiendo el modelo de Trump, Bolsonaro sostiene que el sistema electrónico vigente en Brasil desde hace décadas para votar, permite el fraude y que él va a ser víctima del mismo. Es una denuncia política que viene realizando desde hace meses y que pareciera ir preparando el terreno para cuestionar el resultado si no le fuera favorable (los últimos sondeos muestran un achicamiento de la marcada ventaja que tiene el ex Presidente Lula). Esto ha llevado a enfrentamientos del Presidente con la Suprema Corte, y en particular con los jueces específicos a cargo de la materia electoral. Tradicionalmente, las Fuerzas Armadas tienen a su cargo la seguridad del comicio, pero en esta oportunidad el Presidente ha ampliado sus funciones, encomendándoles realizar un escrutinio paralelo para verificar la validez de los resultados derivados del sistema electrónico. Hasta ahora, las Fuerzas Armadas no han rechazado esta función que se les ha adjudicado. Está claro que la estrategia oficialista es que las instituciones militares sigan formando parte de su coalición política. Por esta razón, Bolsonaro decidió llevar nuevamente a un general como su candidato a Vicepresidente. Es el general Walter Souza Braga Netto. A comienzos de febrero de 2020, cuando el Presidente brasileño atravesaba una de sus varias crisis, fue designado Jefe de la Casa Civil de la Presidencia con apoyo de las Fuerzas Armadas, con el objetivo de controlar los excesos de Bolsonaro y dar estabilidad al gobierno.

Pero Braga Netto, con el transcurrir de los meses, fue pasando a tener una posición más favorable hacia el Presidente que la inicial. Es así como, en marzo de 2021, Bolsonaro lo designó como ministro de Defensa. Procedió a renovar la cúpula militar, incorporando a oficiales superiores más cercanos a las posiciones del Presidente. Cabe señalar que los militares hasta entonces jugaron un rol importante para impedir que Bolsonaro llevara adelante un golpe institucional, como llegó a plantear en actos ante sus partidarios un año atrás. Lo cierto es que hasta el momento no han tomado una actitud análoga frente las denuncias de Bolsonaro sobre el fraude electoral y el rol asignado a las Fuerzas Armadas para impedirlo. El personal subalterno de las Fuerzas Armadas y la Policía Militar es firme partidario del Presidente y constituyen una parte importante de su base electoral. El voto a favor de la reelección del Presidente en este sector puede alcanzar entre el 80% y el 90%. En los niveles más altos de la jerarquía militar predomina una posición de cautela, temiendo que Bolsonaro los lleve a jugar un rol político en su apoyo en una crisis institucional. Pero Braga Netto habría influido para dividir esta opinión en los mandos. A fines de 2021 visitó Brasil el Consejero de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Jake Sullivan. Llevó como objetivo prioritario advertir a las Fuerzas Armadas de que no se sumen a la estrategia de “crisis institucional” en torno a los comicios, que parece copiada por Bolsonaro de Trump (la negativa de los militares estadounidenses a acompañar la estrategia de Trump fue relevante para su fracaso). A mediados de este año estuvo en Brasil el Secretario de Defensa de los Estados Unidos, el general Lloyd Austin, con motivo de la realización de la reunión bianual de ministros de Defensa del continente. Tanto en privado como públicamente, advirtió a los militares brasileños respecto a no acompañar las posturas de Bolsonaro frente al eventual fraude.

La Administración Biden habría empezado a demorar una venta de misiles al Ejército brasileño para reforzar su mensaje. Se trata de 222 misiles Javelin modelo FGM-148 y 33 plataformas de lanzamiento. La venta fue realizada al final de la Adminsitración Trump por 100 millones de dólares (algunas fuentes reducen este monto a 74 millones). A fines del año pasado, en forma coincidente con la visita de Sullivan a Brasilia, y pese a algunas objeciones, se confirmó la venta. Pero frente a la invasión rusa a Ucrania, esta decisión se demoró, aunque en medios legislativos estadounidenses se dice que esto fue una señal a los militares brasileños para que no acompañen a Bolsonaro en el conflicto político-institucional que podría desatar. Cabe señalar que estos misiles han aumentado su importancia después de haber sido usados con éxito en Ucrania contra las fuerzas rusas. En Estados Unidos también preocupa la política ambiental de Bolsonaro, que asigna un rol a las Fuerzas Armadas en el control de la Amazonia, considerada una suerte de “pulmón” para mantener el equilibrio del medio ambiente global. Durante la gestión de Bolsonaro avanzó el proceso de reducción de la selva amazónica, impulsado por la extensión de la frontera agropecuaria para ampliar la tierra dedicada a la soja y la ganadería. A eso se suman acciones como la minería ilegal, que contribuyen al deterioro de la floresta amazónica. Cabe señalar que la agroindustria es un componente importante de la coalición política que sostiene a Bolsonaro, que suele identificarse con las “tres B”: Buey (agroindustria), Biblia (voto evangélico) y Bala (el personal de las Fuerzas Armadas y de Seguridad y los sectores sociales partidarios de la “mano dura”).

En este marco, es claro que la Administración Biden apuesta en Brasil al triunfo de un Lula «moderado». Se trata de una proyección a la región de la política contraria a la que sostuvo Donald Trump, quien buscó aliarse con los gobiernos de ultraderecha como el de Bolsonaro y el de centroderecha de Macri en Argentina, así como también el de Duque en Colombia y el de Piñera en Chile. La Administración Biden también busca privilegiar relaciones con los gobiernos de Boric en Chile y Petro en Colombia, y ha demostrado interés en apoyar económicamente al gobierno de centroizquierda de la Argentina. Esto plantea una contradicción. Es que estos gobiernos de centroizquierda tienen una posición relativamente favorable y eluden la condena de las dictaduras latinoamericanas -Cuba, Venezuela y Nicaragua-, que a la vez aparecen como aliadas de Rusia en lo estratégico y de China en lo económico en la región. En esta situación, a partir de la invasión rusa a Ucrania, Brasil ha dado muestras de no seguir la política de Estados Unidos en este conflicto. Bolsonaro ha demostrado simpatía por Putin y ha anunciado la compra de hidrocarburos a este país, decisión contraria a las sanciones económicas impuestas por Estados Unidos a Rusia. Es así como la hostilidad de la Administración Biden al actual gobierno brasileño combina la oposición a un modelo autoritario inspirado por Trump, el cuestionamiento de Bolsonaro a la política ambiental de Estados Unidos en la región, y las divergencias respecto a la guerra de Ucrania. Pero como dijera Henry Kissinger hace casi medio siglo, “donde va Brasil, va América Latina”, la región consolidará o interrumpirá su giro al “progresismo” de acuerdo a lo que suceda con la elección presidencial brasileña.

En conclusión: la preocupación de Washington frente a la posibilidad de que Bolsonaro desconozca el resultado electoral de las urnas electrónicas en la elección presidencial de Brasil, crece a medida que se acerca la fecha; el rol del general Walter Braga Netto como candidato a Vicepresidente ratifica la búsqueda de su apoyo político y es un intento de diluir la resistencia de parte de los mandos a involucrarse en una crisis política; la Administración Biden ha dado claras señales a las Fuerzas Armadas brasileñas de su oposición a los intentos de Bolsonaro de cuestionar el resultado de la elección si no le es favorable; por último, el gobierno estadounidense tiene una política de acercamiento con los gobiernos de centroizquierda en la región, como los de Chile, Colombia, y eventualmente el de Lula, lo que genera más de una contradicción.

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