Condiciones del retorno de la izquierda a la región

Por Rosendo Fraga.

El retorno electoral de la izquierda al poder en América Latina se realiza en un contexto diferente al que tuvo lugar entre 2002 y 2016. Durante esos 14 años, el PT gobernó Brasil en forma continua, primero con Lula y después con Dilma Rousseff. Este país es el más grande de América Latina por territorio, PBI y población, y por sí solo tiene casi la mitad de los habitantes de la región. Si bien Chávez llega al poder en Venezuela en 1998, el triunfo electoral de Lula en 2002 es lo que inicia la tendencia regional, que se interrumpe con la destitución de su sucesora, en forma simultánea a que ganan las elecciones fuerzas de centroderecha en América Latina. Durante el periodo que gobernó la izquierda (en la mayoría de los casos fue centroizquierda) correspondió a un ciclo económico positivo para la región: precios de commodities muy favorables y una economía global que creció, con la excepción del bienio 2008-2009 por la crisis económica global generada por las hipotecas subprime en Estados Unidos. Este ciclo económico favorable permitió a los gobiernos de centroizquierda llevar adelante políticas distributivas sin afectar la estabilidad económica. Gobiernos como el de Evo Morales en Bolivia mostraron una sólida disciplina fiscal. El fenómeno de inclusión social que tuvo lugar, redundó en una disminución de la pobreza y el desempleo, y cierto crecimiento en la formalización del trabajo. Esta fue la clave de las cuatro victorias sucesivas del PT en Brasil, las que marcaron la tendencia regional, con fenómenos análogos en términos políticos en Bolivia, Uruguay con el Frente Amplio, Paraguay con Lugo, en Ecuador con Correa y en Chile con la Concertación. También se generó un eje más radicalizado alrededor de Venezuela con Chávez, Cuba con Raúl Castro y Nicaragua con Daniel Ortega.

Esta situación se dio con un escenario internacional que fue cambiando. Cuando Lula llega al poder, dos décadas atrás, predominaba en el análisis económico que China estaría entre las primeras economías del mundo para 2020. Este proceso fue bastante más acelerado que lo pensando entonces. Ya en la segunda década del siglo XXI, China empezó a actuar como un poder económico global que disputó influencia a los Estados Unidos. Durante el periodo de predominio de gobiernos de centroizquierda en la región, China pasó a ser el primer comprador para países como Brasil, Argentina, Uruguay, Perú y otros, desplazando a Estados Unidos en este rol. También se convirtió en el primer inversor en infraestructura. Esto significó una modificación sustancial para la región. Paralelamente, en Estados Unidos, entre 2000 y 2008 gobernó George Bush hijo, cuya prioridad fue la guerra contra el terrorismo, que se libró a nivel global con epicentro en Medio Oriente y el sur de Asia. Ello redujo la importancia relativa de América Latina para Washington y derivó en una actitud tolerante hacia los gobiernos de centroizquierda latinoamericanos. De 2008 a 2016 gobernó Barack Obama, quien mantuvo una actitud similar, buscando que la región no se transforme en un conflicto para Estados Unidos y perdiendo posiciones respecto a China. Los cuatro años de Donald Trump (2016-2020) coinciden con el retorno de gobiernos de centroderecha, como Macri en Argentina, Piñera en Chile y Bolsonaro en Brasil -este último abiertamente de derecha-. En esta misma tendencia se ubicaron los gobiernos de Perú y Colombia. En México, coincidió con el gobierno de Enrique Peña Nieto, que adoptó políticas de centroderecha. 

El mayor desafío para los gobiernos de centroizquierda en la región es el económico-social. El punto de partida hoy es diferente. Dos décadas atrás, la región venía de los años noventa, con un saldo positivo en materia de crecimiento. Es decir, la región mejoraba lentamente sus indicadores sociales. Fue un punto de partida que permitió a América Latina aprovechar las condiciones favorables en la primera década del siglo XXI y en la primera mitad de la siguiente. Esto derivó en la viabilidad de las políticas de distribución e inclusión social, que tuvieron un costo en la inversión y en la dinámica de crecimiento, pero que permitió sucesivos triunfos electorales de quienes gobernaban (Lula y Dilma en Brasil, Néstor y Cristina Kirchner en Argentina, Evo Morales en Bolivia, el Frente Amplio en Uruguay, etc.). Ahora, el punto de partida económico es negativo. Al freno del crecimiento en la segunda mitad de la segunda década del siglo, se agrega el costo económico-social que ha significado para América Latina la pandemia a comienzos de la tercera década. La región ha tenido así indicadores sociales estancados entre 2015 y 2019 y francamente negativos en 2020 y 2021. América Latina es la región del mundo en desarrollo que menos crece y más se deteriora en materia de indicadores sociales: pobreza, desempleo, informalidad y desigualdad. Esto incluso ha comenzado a afectar los resultados educativos, que fueron positivos en las primeras dos décadas. El cambio económico-social explica en gran medida la brevedad que parece tener el giro hacia el centroderecha de la segunda mitad de la segunda década. 

Pero aparece un problema político que no existía hace 20 años: la polarización ideológica. Se trata de un fenómeno global con epicentro en el mundo occidental, del cual América Latina forma parte (el sociólogo francés Alain Touraine decía que “América Latina es el extremo occidente, pero Occidente al fin”). En los últimos años crecieron tanto en Estados Unidos como en Europa expresiones de ultraderecha que incluso han llegado al poder, como en el caso de Trump. La moderación entre centroizquierda y centroderecha, que América Latina había tomado de los países democráticos desarrollados, se ha debilitado, e incluso está en crisis en ellos. El fenómeno ha llegado a América Latina -el aumento del culto evangelista ha estado vinculado a ello- y ha tenido una manifestación muy concreta en el país de mayor gravitación política de la región, que es Brasil, con la presidencia de Jair Bolsonaro. El rol de Kast en la última elección presidencial chilena ha sido una manifestación local de este fenómeno, y en alguna medida también lo fue el gobierno de semi-facto boliviano. La elección chilena entre una derecha que reivindicaba a Pinochet y era fuertemente anti inmigración, y una izquierda emergente de la protesta violenta en las calles, es un ejemplo de este tipo de polarización. En forma más atenuada, se ha dado en la Argentina entre kirchnerismo y antikirchnerismo. Cabe recordar que entre 2019 y 2020, las protestas sociales violentas en Ecuador, Chile y Colombia, dieron una fuerte señal de insatisfacción política y disconformidad social. Al comenzar la tercera década del siglo XXI, las “dictaduras de izquierda” en la región (Cuba, Venezuela y Nicaragua), han sobrevivido con éxito a las presiones de Estados Unidos, la Unión Europea y los gobiernos de centroderecha de la región, para su democratización. Las elecciones presidenciales de mayo en Colombia y de octubre en Brasil serán claves para la consolidación o no del giro político-ideológico que tiene lugar en América Latina. Pero la persistencia de altos niveles de corrupción, el incremento del crimen organizado, con manifestaciones como los carteles de la droga y las “maras”, el debilitamiento de las instituciones y la ineficacia de los Estados, son un desafío que debe ser enfrentado más allá de los cambios electorales.

En conclusión: la izquierda está retornando al poder en América Latina, aunque en condiciones diferentes a las que se registraron en el ciclo anterior; el desafío económico-social tiene un punto de partida diferente: la economía ahora está en deterioro, al igual que los indicadores sociales; en el plano internacional, la región, al comenzar la tercera década del siglo, forma parte de la disputa entre China y Estados Unidos por la hegemonía global; por último, la polarización político-ideológica crea una situación distinta al equilibrio ideológico entre centroizquierda y centroderecha que predominaba antes.

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