Gabinete: Crisis por error de cálculo

Por Rosendo Fraga.

La Historia da muchos ejemplos de escaladas de crisis por error de cálculo de sus protagonistas: se precipita un hecho pensando que la contraparte va a tener una reacción que después resulta diferente o contraria.

Tras la derrota oficialista en las PASO, el Presidente hizo público que no iba a cambiar el Gabinete. Pero calculó mal la reacción de la Vicepresidenta, que respondió con la puesta a disposición de las renuncias de los ministros y funcionarios que le responden en el Gabinete.

A su vez, el Presidente reaccionó como ella no esperaba: se negó a escuchar el mensaje y empezó a buscar apoyos en sindicalistas, movimientos sociales, gobernadores e intendentes. 

La política es una combinación de razón y pasión. La lógica dice que este conflicto deteriora a las dos partes, en momentos en que la unidad del oficialismo es imprescindible para la dificultosa tarea de intentar revertir el resultado electoral en la provincia de Buenos Aires. En consecuencia, deberían evitar la escalada del conflicto. 

Pero el factor pasional en la política parece llevarlo en otra dirección. Una relación deteriorada a lo largo de casi dos años, más los avances limitados pero sistemáticos de la Vicepresidenta en el poder, han generado el deterioro de la relación, que impide que la lógica o la razón determinen las acciones.

El cambio de Gabinete como eje del conflicto lo mantiene en el plano político. En última instancia, el Presidente nombra y remueve los ministros por decreto a su voluntad, salvo el Jefe de Gabinete, que es el único que puede ser removido por mayoría absoluta de ambas Cámaras del Congreso.

Pero es un conflicto político que genera riesgos institucionales. Es que el Presidente y la Vicepresidenta han sido elegidos para gobernar cuatro años, hasta el final del mandato. Cuando el conflicto entre ellos escala, empiezan los riesgos institucionales. En este contexto, el enfrentamiento comienza a tener una peligrosa derivación social al comenzar a bajar a la calle. En la medida en que se convoquen movilizaciones para influir o definir este enfrentamiento, pueden surgir riesgos difíciles de calcular, en un contexto social que combina la apatía y el malestar de los sectores populares.

Cuando se plantea una crisis como esta, la lógica lleva a buscar un mediador -su misma denominación dice que debe estar “en el medio” de ambas partes-, que pueda acercar posiciones y encontrar soluciones. La misma concordancia en el nombre del mediador implica un gesto de voluntad de encontrar un acuerdo, más allá de que termine lográndose o no. 

Pero Cristina Kirchner a veces pierde, pero siempre pelea. Una cosa es un acuerdo y otra es una tregua. En este caso, se trata de una “suspensión de las hostilidades” que no garantiza la existencia de un acuerdo. Pueden y deben encontrarse soluciones, pero ellas no evitarán las heridas, huellas y resentimientos que puede dejar el conflicto.

En cuanto a la oposición, parece razonable que no intervenga en un conflicto desatado dentro del oficialismo. No resulta conveniente ni política ni electoralmente, salvo en el caso de que el conflicto escale al plano institucional, donde su toma de posición sí resultará necesaria.

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