Amenazas globales y respuestas nacionales

Por Rosendo Fraga.

Las catástrofes naturales que tienen lugar en todos los continentes, confirman que la alteración del medio ambiente ya se ha convertido en la mayor amenaza global. Los vaticinios sobre los daños que provoca el deterioro del medio ambiente, ya están a la vista. Los grandes incendios en la Costa Oeste de los Estados Unidos, desde California hasta Canadá incluido; las inundaciones en el centro de Europa, y especialmente en Alemania, que provocaron cientos de muertos; lluvias que se extienden a Italia y Turquía; los incendios en Grecia; las graves inundaciones provocadas por el aumento de lluvias que afectan el centro de China; y los grandes incendios forestales en Brasil, son algunas de las manifestaciones que muestran que la alteración del clima no es neutro ni gradual en términos de producir desastres naturales. La ciencia y la tecnología permiten proyectar el aumento de las situaciones de riesgo, pero tienen limitaciones para anticipar cuándo y dónde se producirán los desequilibrios que dañan el desarrollo de la vida humana y la economía. El deshielo en el Ártico y en la Antártida son una evidencia clara de que provocan un aumento del nivel del mar, y que éste genera riesgos y daños. El calentamiento provocado por el uso de los combustibles fósiles, junto con la deforestación, alteran el régimen de lluvias, y esto tiene manifestaciones contradictorias: se incrementan inundaciones y sequías al mismo tiempo. El incremento de la temperatura, unido a este cambio en el régimen de lluvias, aumenta la posibilidad de incendios, con sus múltiples consecuencias. La Cumbre que tendrá lugar en Glasgow, Escocia, intentará concretar los acuerdos para adoptar políticas globales para enfrentar el tema, que hasta ahora se anuncian, pero se cumplen poco.

La extensión de la pandemia, que aumenta por la variante delta y se evidencia en Estados Unidos, Europa, China y el sudeste asiático, manifiesta que este problema se proyecta al mediano plazo. Está claro que el mundo se enfrenta a una tercera ola global de contagio, que puede ser más grave que las dos anteriores y que la doble vacuna puede no ser suficiente para contenerla. Las nuevas variantes, como la delta, producen mayor velocidad de contagio. Entrando en el segundo semestre de 2021, es claro que la pandemia y sus efectos se proyectan al 2022. Es decir, puede ser un fenómeno que permanezca durante tres años. Los planes científicos para enfrentarla, vistos retrospectivamente, más allá de su eficacia, muestran que se trata de un fenómeno que ha sido difícil de prever y anticipar, y los sucesivos cambios de las políticas recomendadas por la Organización Mundial de la Salud lo muestran. La pandemia es un problema global, que pese a los deseos iniciales expresados por la dirigencia mundial, ha tenido respuestas nacionales. Frente a la propuesta de Naciones Unidas de que las vacunas fueran un “bien público global” del primer semestre del 2020, fue muy claro que las vacunas terminaron teniendo nacionalidad y formaron parte de la diplomacia y el poder de las grandes potencias. Como era previsible, cada país privilegió a su propia población. Las vacunas se concentraron en los países más ricos y mostraron la desigualdad que existe en las relaciones internacionales. Pero el punto es si el Covid-19 es, mirando el largo plazo, un hecho aislado, o puede iniciar una etapa donde nuevas pandemias pongan a la Humanidad frente a una situación endémica.

El ciberespacio se confirma como un ámbito de amenazas y agresiones en materia de seguridad, que pueden ser generadas por Estados, grupos terroristas o el crimen organizado. En el aeroespacio se desarrolla la pugna global más importante para la Humanidad, que apunta a la presencia humana permanente en la vida planetaria. Ya no se prevé la llegada, sino la explotación económica de la Luna, Marte y otros planetas, mediante esta ocupación, como etapa previa a exploraciones más lejanas. El ciberespacio es diferente: no tiene una base territorial, como los espacios terrestres, marítimos y aeroespaciales, pero no deja de tener la acción de los Estados nacionales. En este ámbito actúan las grandes potencias, como lo ha señalado el presidente estadounidense Joe Biden, en el mes de julio. Tienen lugar operaciones de grupos terroristas y del crimen organizado, pero también instrumentos abiertos y encubiertos de las grandes potencias. Es decir, el ciberespacio ha pasado a ser un área central para la seguridad y la defensa. Con ataques cibernéticos se pueden paralizar sistemas de infraestructura de los Estados, las comunicaciones públicas y privadas, alterar el sistema financiero, divulgar información de empresas privadas, etc. El hackeo en organismos como el Departamento de Estado y el Pentágono de Estados Unidos, muestra la vulnerabilidad frente a las agresiones en este ámbito. La penetración en los sistemas de seguridad nuclear es quizás la amenaza más relevante. Si bien en este ámbito actúan Estados, terrorismo y crimen organizado, la combinación de estos actores acentúa el riesgo.

La competencia entre Estados Unidos y China por la hegemonía global, dificulta enfrentar las tres amenazas mencionadas, que requieren una acción global concertada. Las dos potencias globales pugnan por la hegemonía. Este es el primer obstáculo para la acción global necesaria para enfrentar, con posibilidades de éxito, los problemas derivados del medio ambiente, la pandemia y el ciberespacio. La mayoría de los analistas insisten en que no puede haber una nueva guerra fría, pero olvidan que fue el sistema de equilibrio mundial que permitió mantener la paz global y culminó con la caída del comunismo. Las últimas medidas del presidente Biden, por el contrario, indican que se va en dirección a una guerra fría. La decisión de proteger insumos para la tecnología como los semiconductores, los ataques a China (acusándola de estar detrás de los ciberataques) y las críticas a la potencia asiática por violaciones a los derechos humanos en Hong-Kong y XinJiang lo confirman. A este antagonismo político-estratégico se suma la ineficacia de los organismos internacionales. La OMS la puso en evidencia frente al Covid-19 y la influencia china en el organismo fue causa de conflicto. Naciones Unidas fracasó en lograr un sistema global equitativo para la distribución de vacunas. Diplomacia, nacionalismo e intereses geopolíticos fueron determinantes por encima del marco multinacional. La preservación del medio ambiente sigue mostrando declaraciones, pero sin que exista un poder coercitivo frente al incumplimiento de los Estados. El ciberespacio no evidencia una acción global mancomunada para su control y regulación, por el contrario, es ámbito de la pugna global.

En conclusión: el deterioro del medio ambiente ha logrado cierta concientización en la opinión pública mundial, pero el no cumplimiento de los acuerdos demuestra la falta de una acción global concreta; frente al Covid-19, la OMS mostró su falta de liderazgo efectivo y Naciones Unidas no pudo imponer el criterio de bien público global: las respuestas fueron de los Estados de acuerdo a sus intereses y prioridades; el ciberespacio se ha transformado en una amenaza global creciente del crimen organizado, los grupos terroristas y la acción formal e informal de los Estados, y la pugna entre ellos impide una acción común; por último, la competencia entre Estados Unidos y China por la hegemonía global, es la primera cuestión a resolver para generar la acción global necesaria para enfrentar las tres amenazas mencionadas.

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