Bicentenario de «Falucho»

Por Rosendo Fraga.

Los estudios demográficos del pasado, y en especial los centrados en la raza o color de las personas, son estimaciones y datos imprecisos o aislados. 

Al momento de iniciarse el proceso emancipador a comienzos del siglo XIX, la presencia de afroargentinos era importante. Esta población tenía su origen en la esclavitud, que se generalizó en Occidente de la mano de los sistemas imperiales de países como el Reino Unido, Francia, Portugal, Holanda y otros. 

En Argentina, el tema adquiere especial significación por la falta casi total de población de origen afro hoy, a diferencia de otros países de América Latina.

Un cálculo aproximado da cuenta que en 1810, aproximadamente un tercio de la población tenía este origen étnico. Pero el sistema jurídico español, como el de la mayoría de los países europeos, preveía diversas situaciones. La combinación de afro y europeo daba una caracterización, que era la de mulato. A su vez, la de blanco e indígena daba la de mestizo; la combinación de afro e indígena constituía el zambo; y así se sucedían también las de pardo y mulato, la de zambo y europeo, etcétera. Se utilizaba también el término “pardo” a personas de color, pero en forma menos precisa que las anteriores.

Esta población, a su vez, se dividía entre aquellos que habían logrado su libertad y los que todavía continuaban en la esclavitud. Esto hacía que se le denominara “población de color” a los afros y también los mulatos (de acuerdo a las circunstancias se incluía también a los pardos). Eran fronteras legalmente precisas pero imprecisas en la realidad cotidiana.

Al momento de iniciarse el proceso emancipador, cuatro fuentes permiten una aproximación para las estimaciones. Unas son los censos en algunas ciudades, que permiten estimaciones generales. Otras son las actas de bautismo en las Iglesias. Una tercera son datos no muy regulares de entrada de esclavos para su venta en ambas riberas del Río de la Plata. Pero una muy precisa es la llamada “lista de revista” de las unidades militares, que por lo general hacían mención al origen étnico, aunque muchas veces unificándolas en “de color”, donde de acuerdo a las circunstancias se integraba a morenos, pardos, mulatos, etc. 

Un ejemplo de ello es la unidad de pardos y morenos que se organiza después de la primera invasión inglesa. Era denominada también como una “unidad militar de castas”, de acuerdo al sistema jurídico y su denominación de los no europeos.

El estudio de la lista de revista de las unidades militares de la época de la independencia, muestra que la definición “de color” se adjudica a aproximadamente el 30% de los efectivos militares. 

Quizás el caso más célebre de un afroargentino en la faz heroica de la guerra es el de Falucho, que de acuerdo a la versión que da Bartolomé Mitre en su obra fundacional sobre San Martín, al sublevarse los maltratados restos del Ejército de los Andes que terminan pasándose a los realistas, Falucho se niega a hacerlo y es ultimado por sus compañeros.

Integraba entonces el Regimiento del Río de la Plata, en el cual habían confluido los restos de tres Regimientos de Infantería: el 7°, el 8° y el 11°. Este último estaba integrado por afroargentinos, que obtenían su libertad por prestar servicios en las fuerzas patriotas. Esta unidad había combatido con gran coraje y muchas bajas en las batallas de Chacabuco y Maipú.

Al momento de la sublevación llevaban ocho años combatiendo en el Ejército de los Andes y varios de ellos provenían ya entonces de otras unidades militares. 

En febrero de 2024 se conmemoraron los dos siglos de la muerte de Falucho. Pese a su importancia simbólica, el hecho pasó desapercibido: sólo alguna mención en un par de artículos publicados por historiadores, pero no hubo homenajes públicos.

Los datos sobre la existencia de Falucho son imprecisos. Incluso hay historiadores peruanos que niegan su existencia por no haber encontrado datos verificables de ello. Por el contrario, historiadores argentinos aseguran y demuestran su existencia.

En última instancia, en mi opinión, se aplicaría a él la sentencia del filósofo francés Pascal del siglo XVIII, que decía que “Si Dios no existiera, sería menester inventarlo”. 

Hay un monumento a Falucho ubicado en una plazoleta frente al Regimiento de Patricios en Palermo. Inicialmente había sido colocado en la periferia de la Plaza San Martín. Hay datos que dan cuenta de que estaba emplazado en el lugar que hoy está el Monumento a Esteban Echeverría, donde comienza la calle Florida. Pero otras versiones dicen que estaba en el centro de la plaza que está frente a la Cancillería. Curiosamente, en el último año se abrió un espacio periférico que parecería estar esperando el regreso de la estatua de Falucho -su escultor fue un argentino, Lucio Correa Morales-, con lo cual quedaría frente a San Martín, cuyo dedo señala en dirección al actual Palacio Anchorena, sede histórica de la Cancillería, pero también a Falucho.

Otro caso de menor significación es el del “Negro” Ventura. Se trataría de un joven esclavo que en 1812 denuncia ante el Triunvirato la conspiración pro española de Martín de Álzaga. Es premiado, incluso con un grado militar subalterno.

El tema de los afroargentinos en la Guerra de la Independencia fue estudiado y publicado en un libro del extinto coronel Lucio Torres (“El soldado negro en la epopeya libertadora argentina”), cuando era oficial subalterno en el Regimiento de Patricios. Llega también a la mencionada conclusión de que eran aproximadamente el 30%. 

Décadas después, el historiador George Reid Andrews, que estudia las diversas hipótesis sobre la casi extinción de la población argentina de origen afro en la segunda mitad del siglo XIX, llega a una conclusión similar en su libro “Los afroargentinos en Buenos Aires”.

Este trabajo también indaga sobre la proyección que tuvieron argentinos de origen afro tanto en la jerarquía militar como en roles políticos. Registra casi una decena de jefes y oficiales superiores de acuerdo a los grados actuales. Uno de ellos es el coronel Lorenzo Barcala, guerrero de la Independencia y las guerras civiles, en las que fue fusilado. Otro es el del teniente coronel Luis Irrazabal, que es quien “lancea” al Chacho Peñaloza en La Rioja, supuestamente por orden de Sarmiento. Irrazábal habría sido mulato. Andrews en su libro da el listado de once jefes de oficiales afroargentinos de las Fuerzas Armadas que llegaron a la jerarquía de jefes y oficiales superiores. Ninguno ascendió a general, pero varios de ellos fueron esclavos o hijos de ellos.

Sobre los roles políticos, encuentra algunos legisladores de este origen en la Legislatura de Buenos Aires, por lo general en las filas del mitrismo. En la ciudad capital tuvo un rol importante la movilización de la población afro primero apoyando a Manuel Dorrego y después a Juan Manuel de Rosas. Era una de las manifestaciones de la movilización popular en apoyo de estos caudillos. 

Unidades militares integradas exclusivamente por soldados de origen afro han tenido lugar en las décadas posteriores a la Guerra de Independencia. Una de ellas integró la expedición del gobernador de Buenos Aires Martín Rodríguez contra los indios. Este batallón de infantería sufrió muchas bajas, la mayoría de ellas por el frío. Otro existió en Santa Fe. La última unidad de afroargentinos que encontró es una compañía de afro-porteños integrada por un centenar de hombres que combate en 1880 en las fuerzas del gobernador Carlos Tejedor, contra las del gobierno nacional.

Se ha conjeturado bastante sobre las causas de la desaparición de la población afroargentina. Una de ellas habría sido la mortandad en las sucesivas guerras de la independencia, la de Brasil, las civiles y la del Paraguay. Pero no se sostiene con datos concretos. En la segunda parte del siglo XIX, la población afroargentina era todavía importante. Como dato social y literario, el Martín Fierro, en un pasaje revela la existencia de “los morenos” en la campaña bonaerense. 

A comienzos del siglo XX, durante la Presidencia de Roque Sáenz Peña, el personal de servicio de la Casa de Gobierno era casi exclusivamente de origen afro, algo “importado” por el presidente tras sus verificaciones y experiencias como diplomático en Europa. Pero también en Estados Unidos el personal de servicio de la Casa Blanca era de origen afroamericano.

Otra hipótesis es la de la muerte por fiebre amarilla, que azotó a Buenos Aires hacia finales de la Guerra del Paraguay. La mortandad es un hecho, pero la cantidad de víctimas fatales es una estimación, y la de afroargentinos aún más. 

Andrews concluye que la hipótesis más relevante y plausible es que el “aluvión” de inmigración europea que comienza durante la Presidencia de Avellaneda y se va ampliando gradualmente en las décadas siguientes, es la causa principal de la casi desaparición de los afroargentinos.

Cabe señalar que en los censos nacionales de principios del siglo XX ya la población afro había disminuido significativamente y que la Ciudad de Buenos Aires ya tenía entonces más de la mitad de su población de origen europeo.

En conclusión, hay historiadores peruanos que sostienen que Falucho no existió, pero también los hay que plantean la hipótesis de que en realidad podrían haber sido dos con el mismo apelativo. Citan una carta de 1831 del general inglés Miller, quien fuera colaborador y amigo de San Martín, donde relata que ha encontrado a Falucho en las calles de Lima, ciudad en la que estaba. Esto no quiere decir que Falucho no haya existido, pero sí que era un apelativo bastante común el del afroargentino, que muere gritando, según Mitre, “¡Viva Buenos Aires!”. 

Creo imperioso recordar a Falucho en el bicentenario de su muerte y, a través de él, a todos los afroargentinos que dieron su vida por la Patria. Coincidente con este bicentenario, una afroargentina que luchó en el Ejército del Norte, María Remedios del Valle, ilustra el nuevo billete de diez mil pesos. Lo hace unida gráficamente a la imagen de Manuel Belgrano. Se trata de una mujer que perdió a su marido y sus hijos en las batallas del Ejército del Norte, y que personalmente luchó, siendo presa de los españoles y azotada con intensidad. 

Dos décadas después, deambulaba por la Ciudad de Buenos Aires pidiendo limosna para sobrevivir. Tras mucha insistencia, logra la atención del general Juan José Viamonte, a quien había conocido en el Ejército del Norte. El encuentro mejora su situación en los últimos años de su vida.

El llamado de atención sobre los afroargentinos es singular: al mismo tiempo se da el bicentenario de Falucho y la primera aparición de un afroargentino en la imagen de un billete. El primero ligado a San Martín; la segunda, a Belgrano.

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