Por Rosendo Fraga.
El concepto de “hemisferio” ha estado presente tanto en declaraciones de Trump como en el documento sobre la visión de EEUU sobre seguridad nacional difundido por el gobierno estadounidense a fines de noviembre. Por lo general se ha interpretado el término más horizontalmente. Es decir, un hemisferio norte arriba de la línea del Ecuador y otro sur por debajo. Recientemente se ha incorporado el concepto de “sur global”. Se trata de una idea que en los hechos no tiene la misma realidad geográfica que la anterior. La línea del Ecuador como frontera entre el hemisferio norte y el sur se diluye, porque se incorporan a este último países como China, India, etc, que pueden ser incluídos por razones políticas y estratégicas, pero no por un concepto estrictamente geográfico. Desde que Trump ha iniciado su segundo mandato, el concepto de dar prioridad al hemisferio ha ganado terreno. En la posguerra, la Casa Blanca tenía un esquema de prioridades. Primero estaba Europa; luego el Extremo Oriente y Medio Oriente; seguían México, Israel y el sur de Asia. América Latina -excepto México- y África quedaban como última prioridad, quizás porque durante la Guerra Fría no habían tenido un lugar central en la pugna entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Ya en el gobierno de Obama comenzó a plantearse un cambio, por el cual se reducía el ámbito geográfico de las prioridades y se concentraba el esfuerzo militar en los intereses vitales de Estados Unidos. Fue en su gobierno que comenzó a usarse el término de “No más botas en el terreno” y a planificarse un repliegue militar de Medio Oriente y su entorno geográfico sobre los Estados Unidos.
La intención de Estados Unidos de adquirir el control de Groenlandia muestra claramente que las prioridades han cambiado. Adquirir el “control” puede tener distintas formas: soberanía, bases militares, acuerdos para explotar recursos naturales, acceso conjunto a vías de comunicación. No es algo nuevo para Trump. Ya lo planteó en su primera presidencia, incluyendo la posibilidad de arriendo de esta gran isla, cuya superficie es similar a la de Argentina. Pero entonces la idea no prosperó. Ahora Trump la retoma con más intensidad, porque el tema ha adquirido mayor prioridad. En su actual concepción, el hemisferio norte empieza por el Ártico. De ahí se despliega por Alaska, Canadá, llega a los Estados Unidos y de allí a México y América Central. Trump y las figuras más importantes de su administración han expresado que tomar Groenlandia es una prioridad para la seguridad de los Estados Unidos y que ello tiene que ver con la presencia creciente de China y Rusia en dicha región. El cambio climático ha acentuado la importancia estratégica del Polo Norte y sus adyacencias, porque están abriendo una vía de comunicación marítima entre los océanos Atlántico y Pacífico. Hay un tratado internacional (Consejo Ártico) firmado por Estados Unidos, Canadá, Rusia, Noruega, Dinamarca, Suecia, Finlandia e Islandia respecto a las reglas de convivencia entre ellos en el Ártico en materia de soberanía, pero no hay una interpretación unánime sobre él. El tema concreto es que el Polo Norte y sus adyacencias ya se han transformado en un área de conflicto y pugna geopolítica.
No es un tema absolutamente nuevo para los Estados Unidos, porque ya estaba mencionado en el documento Global Trends publicado en 2017, en el que presentaba el escenario probable para el mundo en 2036. Ahí se incluían, aparte de las ocho regiones geográficas en las cuales se dividían los intereses estratégicos de Estados Unidos, dos nuevos: el espacio y los polos. Es decir, incluía el Polo Sur como un área en la cual los países más grandes iban a luchar por intereses concretos y no sólo en el norte. El documento ya pronosticaba la posibilidad de que el tratado antártico cayera por la denuncia realizada por aliados de Estados Unidos que reclaman soberanía en el continente blanco, como Noruega y Nueva Zelanda (el primero de ellos es el único que reclama soberanía en ambos polos simultáneamente). Pero con Trump el concepto de hemisferio ha atravesado el Río Grande para incluir a México, Centroamérica, el Caribe y el Canal de Panamá. Esto conforma un hemisferio que geográficamente se dirige hacia el sur. La operación estadounidense que acaba de llevarse a cabo en Venezuela, acentúa esta tendencia a seguir descendiendo geográficamente el concepto estratégico del hemisferio americano, que con la prioridad puesta formalmente en la lucha contra la droga se proyecta hacia el sur.
Aunque se trata hasta ahora de una región desmilitarizada, Estados Unidos, al igual que las restantes grandes potencias, tiene bases en la Antártida. Washington ha firmado el tratado que regula las actividades en el Polo Sur, pero se ha reservado el derecho a reclamar soberanía en el futuro. Medio centenar de países han firmado el Tratado Antártico que regula la actividad en el continente blanco, pero hay siete que reclaman soberanía territorial y cuyo ejercicio mantienen en suspenso: Argentina, Chile, el Reino Unido, Noruega, Nueva Zelanda, Francia y Australia. El objetivo de tener el control de las dos vías de comunicación atlántico-pacífico que pasan por el continente americano ya está presente. Trump en su segundo mandato ha logrado tomar el control de la empresa que administra el Canal de Panamá. Respecto al extremo sur, el Comando Sur de las Fuerzas Armadas estadounidenses desde hace un lustro realiza contactos y gestiones para impedir la presencia china en la zona del Estrecho de Magallanes y sus adyacencias. No hay una base militar estadounidense en el extremo sur, pero sí la hay del Reino Unido -un histórico aliado militar de los Estados Unidos- en las Islas Malvinas. Esto quizás ha quitado urgencia a Washington para tener una instalación militar propia en el extremo sur. El papel de Argentina y Chile, los dos países con soberanía en el extremo del que sería el hemisferio sur, presenta conflictos que son menores. Ambos países tienen presencia soberana en el Pacífico y el Atlántico en el extremo sur. Planteado en estos términos, el concepto de Trump de hemisferio se asemeja al que planteaba Bush padre hacia 1990, que se sintetizaba en la propuesta de una “zona de libre comercio” de Alaska a Tierra del Fuego. La estrategia estadounidense de mediano y largo plazo apunta explícitamente a tener el control del hemisferio, pero incluyendo el continente americano de polo a polo. Ello reforzado con la idea permanente pero expuesta públicamente por el vicepresidente Joe Biden en 2010, cuando concurrió a una reunión bilateral con China, de que “Estados Unidos es y será la potencia del Pacífico”. Un eje de polo a polo norte-sur y sobre los dos océanos horizontalmente, parece ser la estrategia real de Estados Unidos a largo plazo. Ello implica la pérdida de interés por Europa y un menor interés por Medio Oriente.
En conclusión: el hemisferio es un concepto geográfico que en los hechos puede ser utilizado tanto en términos norte-sur, como este-oeste; en los últimos tiempos, Estados Unidos ha asimilado más este concepto al del entorno geográfico inmediato del hemisferio norte, que va de Groenlandia hasta el norte de Venezuela, sobre la línea del Ecuador; pero la idea de un hemisferio que se proyecta de norte a sur desde los dos polos está detrás del concepto hemisférico de Estados Unidos y tiende a ser la clave de su expansión global en el largo plazo; por último, ello se complementaría con la capacidad bioceánica de Washington con proyección hacia el Atlántico y el Pacífico, lo que le permitiría la proyección de polo a polo y de este a oeste.