Las prielecciones. Historia y caricatura del dedazo

- México, Plaza y Janés, 2000. 216 p.
Por Magú (Bulmaro Castellanos) y Sara Sefchovich

Ha habido muchas formas de enfocar la democratización que ha vivido México: desde las grandes teorizaciones de la transición hasta los trabajos empíricos que nos enseñan en números el cambio del paisaje electoral del país. No podía faltar en la amplia bibliografía sobre el tema político-electoral la caracterización burlesca de los recientes treinta años, en esta ocasión bien expuesta por uno de los mejores moneros de nuestro país: Bulmaro Castellanos alias Magú, el exponente más sobresaliente del feísmo en la caricatura nacional. Incluso, puede decirse que con él se experimentó la transición de la caricatura a monerismo.

En este libro -que se agrega a cuando menos otros dos que ha sacado el autor-, el tema fundamental es el de las coyunturas de las elecciones presidenciales en nuestro país desde 1976 hasta las vísperas del proceso de julio de este año, es decir, desde la sucesión de Luis Echeverría hasta las campañas del 2000.

Los adefesios perpetrados por Magú –sumamente descriptivos de varios de los principales personajes de nuestra clase política mexicana- fueron publicados en diversos medios: la extinta Sucesos para todos, Proceso, Unomásuno, La Jornada y Letras Libres, lo que da cuenta de su largo y variado trajín en el periodismo. De tal forma, el autor ha visto impresos sus monos en una amplia galería que abarca lo mismo al periódico de izquierda que la revista cultural liberal. Indudablemente, en todos ellos sus trazos han dejado su impronta: la del caricaturista que ha hecho de la atroz fealdad humorística una virtud, la razón de ser de su obra.

Como ninguno otro de los libros que ha publicado, en esta selección se da un fiel retrato de la evolución de las pinceladas magüianas: de los claroscuros dibujos de 1976 que ya anunciaban el paso a líneas todavía más antiestéticas, hasta la elaboración de cáusticos fotomontajes en los que las fotografías de los rostros de los políticos no les piden absolutamente nada a las caricaturas –por aquello de que la realidad supera muchas veces a la ficción-.

El libro tiene la virtud de plasmar gráficamente las grandes transformaciones políticas que ha habido en nuestro país en los últimos veinticuatro años. Inicia el periplo electoral con el mecanismo digital priísta clásico de elección de su candidato a la grande, y la aplanadora estatal que servía de escenografía para vencer en las elecciones a nadie –como sucedió en el proceso que llevo a José López Portillo a la titularidad del Ejecutivo en 1976-. Como aparece en un cartón, había un Muñoz Ledo cocinero ofreciendo un rico menú: "López Portillo a la PRI; López Portillo a la PARM; López Portillo a la PPS."

En 1982, Magú dibuja la cargada sindical, la producción espuria de las sumas de sufragios, los ataques clericales en contra de una izquierda combativa, autodestructiva y dogmática, así como la proliferación de micropartidos gracias a la reforma política de 1977. Finaliza esta etapa con la imagen de un López Portillo en fuga después de haber entregado un México irreparable a Miguel de la Madrid –la sucesiva entrega de un país en esas condiciones ha sido la herencia verdadera que se han dejado los presidentes en los más recientes treinta años-.

El más polémico proceso es el de 1988, en el que la búsqueda de un nuevo mecanismo-mascarada de elección de sucesor, un Salinas que enfrentó una situación inédita en la campaña –hasta repudio abierto-, la formidable emergencia del neocardenismo –desde la Corriente Democrática hasta el Frente Democrático Nacional- y su reclamo democratizador, la unificación de (casi toda) la izquierda, la resistencia civil panista, el fraude electoral y el cuestionamiento irreductible que de él hace la oposición y la severa crítica a los intelectuales que apoyaron al régimen en tan dura hora fueron los temas de Magú. La irrupción de la pluralidad en los órganos de gobierno y el pánico que provocó en los sectores oficiales está magníficamente ejemplificado en el cartón en el que un priísta dice a un Muñoz Ledo triunfador a punto de entrar al Senado: "Ay, licenciado, con mucho cuidado porque somos vírgenes."

En 1994, vuelve el dedazo clásico al PRI con la nominación de Colosio, ya sin tibias mascaradas, mientras que el PRD tenía definido a su candidato desde 1988 y un Fernández de Cevallos que era un tapado capilar, y una aparición inquietante: el subcomandante Marcos, que parecía tener una popularidad superior a los candidatos. El asesinato fue plasmado en un sentido cartón, y el primer debate fue tratado ampliamente. ¿Los resultados? Zedillo ganó, y según Magú, dijo: "La verdad… aquí sí no supe cómo le hice"; mientras, Cárdenas cavilaba en una caricatura: "Sí hubo fraude… Me defraudó el pueblo" -creo que este cartón marcó ya una distancia entre el monero y el PRD-. Desde entonces, Magú reconoció los avances en limpieza electoral.

En este 2000, los temas socorridos son los del dedo automutilado de Zedillo y la elección interna priísta, la multiplicación de candidatos, el match interperredista Muñoz Ledo-Cárdenas, el psicoanálisis aplicado a Fox, concluyendo el libro con la fallida intentona de alianza opositora. No hay, como antes, cartones referentes a la autoridad electoral.

Después, el autor ha publicado excelentes monos referentes al 2 de julio en La Jornada, que será necesario rescatar en una próxima edición para completar la historia.

En otros libros, los monos de Magú fueron acompañados de excelentes textos –como ejemplo, baste mencionar los que hicieron Miguel Ángel Granados Chapa y Enrique Krauze-. Ahora se sintió el bajón: el texto es de Sara Sefchovich, que cuyo escrito es por demás superficial y deficiente. La primera parte de su aportación pretende ser una suerte de brevísima historia de las elecciones presidenciales en México desde 1821 a 2000, relato bastante plano que no da ni remota cuenta del complejo proceso político mexicano –aunque claro está que no se trataba de hacer un tratado sobre la materia-, y que dan poco "sustento histórico a las caricaturas de Magú". Después, la escritora hizo toda una apología del abstencionismo para, a continuación, anunciarnos que iba a ir a… votar.

Pero lo peor en el caso de Sefchovich es la forma insultante en que se refirió a José Woldenberg. Manifiesta su desacuerdo con las declaraciones de éste en el sentido de que la democracia llegó a México por la vía electoral -¿de qué otra forma hay, doña Sara?- y a que destacó que "el voto del ciudadano decide lo fundamental: quién gobierna:" Eso no le gustó a los ojos de ciudadana -¡of course!- de la estudiosa de consortes presidenciales, por lo que aplicó una frase de una "personaja" (sic) de película: "¿Cómo puede ser que la gente diga tantas cosas hermosas y luego haga del mundo una porquería?"

Afortunadamente, Woldenberg, el IFE y millones de mexicanos respondieron con claridad el 2 de julio del 2000 a tan vil señalamiento de Sefchovich.

Ariel Ruiz Mondragón
México
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